sábado, 22 de noviembre de 2014

Bonito


Es una bonita historia para contar, le dijeron.

¿Bonita? Bonita es la imagen de las praderas cubiertas con plantaciones de tulipanes en flor.
Bonito es el atardecer en una montaña aislada donde la histeria de la ciudad sea sólo un mal recuerdo.
Bonito es el canto de un pájaro, al ver a sus hijos romper el cascarón y pedirle alimento por primera vez.

Y también, bonito fue el momento en el que pensé que estaría aquí cuando llegara, que iba a poder sentirle cerca de mí, pero tan cerca que iba a poder tocar su cuerpo y acercarlo al mío en un inmenso abrazo sin final.
Bonito fue ese instante fugaz, en el que mi cabeza contempló la posibilidad de besarle por vez primera, con tanto amor, que ni siquiera el mundo podría imaginar cuán grande era. 

Bonito hubiese sido,  que pudiésemos estar juntos, en ese preciso instante, siendo sólo dos amantes que se volvían a encontrar.


Y así fue que terminó de describir, la historia del sueño que terminó justo cuando estaba por comenzar…

viernes, 3 de octubre de 2014

Sueño estrellado

Era una de esas noches en las que no había movimiento de ningún tipo. Triste, la ciudad se veía envuelta por una profunda penumbra. La Luna y las estrellas, estaban ocultas tras el manto de nubes esponjosas que desde hacía tres semanas precipitaban incesablemente, y cuyas gotas chocaban contra los techos generando así, el único sonido audible en toda la zona.
La casa no era ajena a la oscuridad, ni a la lluvia. El sonido de la lluvia se atenuaba por el techo construido con teja española, aunque drenaba a un pequeño pozo que no era lo suficientemente grande como para cumplir su función, por lo que el patio llevaba más de veinte días cubierto de agua.
Veintiún días para ser precisos. Veintiún días y veintiuna noches habían pasado desde la última vez que pudo dormir. Veintiuna veces se tumbó en su cama, pero no consiguió su cometido. Veintiuna veces corrió a cama de sus padres, buscando noche tras noche alguna forma de poder conciliar el sueño. Pero no lo lograba. No había manera que sus ojos y mente pudieran descansar. No existía  “hada de los sueños”, ni siquiera un cuento de esos que tanto efecto lograron cuando era bebé, que pudieran ayudarlo a descansar.e
Sus padres preocupados, consultaban diferentes profesionales, al cabo que habían recorrido todos los pediatras, psicólogos, curanderos, chamanes, y psiquiatras de la ciudad en busca de una solución al insomnio que parecía no tener fin. Ninguno encontraba una verdadera explicación al tormento que el pequeño de sólo cuatro años venía sufriendo hacía más de 3 semanas. Cada vez que le preguntaban él explicaba que el problema era la ventana, que era por ella que no podía dormir.
¡Cuánto habían hecho ya, buscando una solución! Primero, trasladaron al pequeño a la habitación de sus padres, buscando que en ese lugar encontrara el sueño esquivo. No hubo resultado favorable, por lo que retornó a su habitación un par de días después. Volvió a culpar a su ventana por el insomnio sin fin, y así fue, que sus padres decidieron cubrirla por completo. Los días siguientes, lo encontraron parado, contemplando -a través de la ventana del comedor- el mundo exterior, aún sin haber podido conciliar el sueño. Fue en ese momento, cuando cayeron en cuenta que cubrir la ventana sólo había agravado el cuadro, ya que además de no dormir, lo había arrancado de su cama para poder mirar hacia afuera. Así fue, que decidieron permitirle dormir con la ventana abierta, pero con la lluvia y  el clima hostil, el pequeño terminó por enfermarse.
-¡Pobre criatura! Exclamaba su madre, al verlo con fiebre y sin dormir desde hacía tiempo.
-No, te preocupes, ya pronto pasará. Le respondía él, con su dulce y tierna voz, maltratada por la falta de descanso y por las anginas que lo atormentaban. –Mami –agregó-  ¿Dónde se han escondido mis amigas estrellas? Las extraño, y no he podido hablar con ellas en muchos días.
La madre, atónita ante la pregunta que acababa de recibir, vaciló antes de poder responder:
 – Ellas quieren venir a visitarte, pero la lluvia les impide llegar, pues las nubes están trayendo agua, y no estrellas. Algo le pareció particular en esa pregunta, aunque no estaba del todo segura qué había sido.
Esa misma noche la lluvia cesó, pero el cielo se mantuvo cerrado, oculto tras las nubes que adquirían un color rojizo por la claridad que reflejaba una escondida Luna llena. Poco a poco, el agua del patio comenzó a drenarse.
La mañana siguiente, el Sol radiante asomó por el mar, iluminando todos los rincones del hogar. El pequeño feliz, pero aún sin dormir, abandonó su cama para ir a desayunar con sus padres. Preguntó si podía salir al patio a jugar, y así lo hizo, tomó su pelota y pasó más de dos horas jugando con ella, contra la pared que limitaba el terreno de la casa. Por la tarde, salió de paseo con sus abuelos maternos que se sorprendían con la energía del niño, más aun llevando tantos días sin poder descansar como un niño debe hacerlo.
Por la noche, se tumbó sobre la cama, su madre lo tapó, le dejó un beso en la frente, y apagó la luz, esperando – ya resignada – que apareciera nuevamente en su habitación en medio de la noche. Pero eso no sucedió. El niño volvió a dormir. Su gesto de paz al hacerlo tenía un tinte angelical sin precedentes.
Y fue ese momento, cuando lo comprendieron. Pues, las estrellas eran su somnífero, y al volverlas a ver pudo realmente descansar.
Y cada vez que la noche se cerraba, y ninguna estrella quería aparecer, él ahora podía dormir. Porque le contaban esta historia.
Su historia.

La de la noche sin estrellas, y el niño sin sueños.

domingo, 25 de mayo de 2014

Oscuridad

La oscuridad se había apoderado de la habitación. Su presencia denotaba calma. Afuera, la ciudad se veía sumida en un profundo sueño. Nadie circulaba, nadie hablaba. Soplaba una leve brisa otoñal, que no hacía más que enfriar las luces de la calle. Ellas, serían las únicas que atestiguaran lo que estaba a punto de suceder.
Despertó, perturbado por sus sueños sombríos, y se encontró inmerso en la negrura de la noche. Aún agitado, extendió su mano derecha hacia la izquierda de la cama, donde estaba su mesa de luz, y con un pequeño movimiento encendió aquella pequeña lámpara de estilo inglés que le había regalado su abuelo paterno. La luz inundó rápidamente todo cuanto tuvo a su alcance, dejando sólo un rincón de la habitación en la penumbra.
Respiró profundamente varias veces antes de ordenarse tomar asiento en el borde de la cama. Ya sentado, quiso buscar una explicación a lo que acababa de soñar: al fuego, al viento, a la destrucción.
En ese sueño había visto cómo sus manos transformaban en fuego todo lo que tocaban: la cama, las cortinas, la baranda de la escalera, y hasta el piso de cerámica verde que tanto adoraba. También vio, como su casa, su hogar, sucumbía ante las llamas incontrolables que él mismo acababa de engendrar. Nada estaba a salvo, nadie podía resguardarse, pues el fuego estaba donde sea que estuviera él. En cuanto cesaron las llamas, apareció el viento, que terminó el trabajo ya comenzado. Ahora sí, definitivamente, nada quedaba, cuando desesperanzado, comenzó a caminar sin saber a qué destino quería llegar. No se percató de estar cruzando una calle cuando, de repente, un auto tan nuevo que no conocía el modelo, le hizo cambio de luces, mientras lo aturdía con la bocina debido al inminente impacto entre ambos. Justo antes del choque, despertó.
Su análisis de lo soñado se vio interrumpido por el vibrante zumbido de un mosquito que sobrevolaba el lugar, y que parecía tenerlo como víctima inevitable. Sin dudas, no era el mejor momento para ser ese mosquito, y menos aún para estar en ese lugar, ya que en un simple y rápido palmeo de manos, vio cómo su vida terminaba.
Quiso retomar los pensamientos, volver a plantearse el porqué de lo que acababa de ver, pero ya era tarde. Su mente había decidido llevárselo a otra parte, y así fue, que se vistió para dar una pequeña caminata nocturna.
El estridente chirrido de la puerta al abrirse quebró el profundo silencio nocturno, pero una vez que hubo terminado, la ciudad nuevamente se vio sumida en la tranquilidad.
Comenzó a alejarse poco a poco de su hogar, hasta que un perro lo interceptó y, de forma desaforada, le comenzó a ladrar. Era un labrador dorado, macho, de 5 años, que vivía tres casas al norte desde la suya. Le pareció muy particular que Mirko (el nombre del perro) estuviese afuera a esa hora, pues su dueño siempre procuraba que permaneciera dentro de su casa durante la noche.
Siguió avanzando, hasta encontrarse con un grupo de jóvenes que estaban apostados en la puerta de una vieja casa transformada en bar. Estos, bebían de una botella de cerveza que compartían una y otra vez, de mano en mano, de boca en boca, mientras lo contemplaban al pasar. Se sintió intimidado, por lo que bajó la cabeza y aceleró el paso, hasta que cruzó la última calle del barrio.
Una vez del otro lado, sintió que el paseo había llegado a su fin, y que sería prudente retornar a su hogar. Decidió que lo haría por otro camino, atravesando la pequeña plaza que quedaba en la manzana detrás de la de su casa. Cuando pasaba junto a las hamacas, comenzó a soplar un fuerte viento, que las movió, haciendo que sean ellas quienes rompan –una vez más- el silencio reinante.
Fue ese sonido, el que le despertó una sensación de déjà vu. El perro, los jóvenes tomando cerveza, las hamacas. Todo lo había visto antes, y para mayor sorpresa, los había visto esa misma noche en su sueño de desenlace fatal. – Será sólo una coincidencia - dijo en su mente, mientras seguía con paso firme a su hogar.
Al llegar se dio cuenta que donde estaba su casa sólo quedaban cenizas, que todo aquello cuanto había acunado en su morada había desaparecido. Atónito, se dejó de caer de rodillas sobre el asfalto, mientras los vecinos intentaban apagar las últimas llamas. No dejaba de preguntarse el por qué, qué era lo que había generado tan nefasta consecuencia.

Se lo preguntó una y otra vez, pero jamás podría encontrar la respuesta, ya que al levantar la cabeza, y girar la mirada a su izquierda, la luz y bocina ya estaban ahí…

viernes, 4 de abril de 2014

Cielo

Caminaba, dando vueltas sin cesar. Sus pensamientos lo abrumaban. Los sonidos de la calle, resonaban una y otra vez en su cabeza. Hasta que de pronto, sus párpados se elevaron, los ojos se llenaron de luz y le transmitieron una imagen que jamás podrá olvidar. 

Él frente al mundo, el mundo frente a él. 

¿Qué debía hacer? ¿Hacia dónde debía ir? Siempre se preguntó lo mismo, qué camino tomar al despertar. 

No supo cuál fue el momento en que su cuerpo decidió avanzar, no supo tampoco qué era lo que sentía en ese instante. Sólo recuerda, que abrió nuevamente sus ojos y la vio. Ella era su cielo, y aunque fueran sólo unos segundos de conexión, él supo que se quedaría en ese cielo para siempre. 

Y sólo así, cerró los ojos nuevamente y volvió a caminar.. su mundo.

miércoles, 19 de marzo de 2014

Luna

El calendario ya propone otro comienzo de otoño, y así, otro verano está por terminar. 
Los árboles han comenzado a desnudarse de sus bellos naranjas y amarillos, mientras nosotros aquí abajo sólo los podemos contemplar. 
Siempre me gustó caminar en otoño, para conocer cada uno de los detalles que esta pintoresca estación le da a la vida: sus colores, sus días más cortos y noches más bellas.
Y hablando de noches, voy a relatar la última que viví..

Caminaba, una vez más, contemplando la gente que pasaba, los autos que iban y venían, los ruidos de la ciudad, las luces que iluminan hasta el último rincón, hasta que de pronto, una bella figura decidió hacerse presente.. Por encima de todo lo que pretendiera ver, esa perfecta Luna de 19 de marzo brillaba en su lugar, y en ella.. te vi. 

Te vi,  te encontré y te sentí. Te vi, sonriente y radiante como siempre. Te encontré, hermosa, como no hay otra. Te sentí y sonreí. Porque sé, que donde sea que estuvieras, también habías encontrado esa Luna, la que nos une para siempre en un destino sin final. 

Retomé la marcha a casa, tranquilo porque sabía desde lo más profundo de mi corazón que donde sea que haya Luna, nos encontraremos una vez más. Y en ella, nos fundiremos nuevamente en el más cálido abrazo que el universo haya podido encontrar.