La oscuridad se había apoderado de la habitación. Su presencia
denotaba calma. Afuera, la ciudad se veía sumida en un profundo sueño. Nadie
circulaba, nadie hablaba. Soplaba una leve brisa otoñal, que no hacía más que
enfriar las luces de la calle. Ellas, serían las únicas que atestiguaran lo que
estaba a punto de suceder.
Despertó, perturbado por sus sueños sombríos, y se encontró
inmerso en la negrura de la noche. Aún agitado, extendió su mano derecha hacia
la izquierda de la cama, donde estaba su mesa de luz, y con un pequeño
movimiento encendió aquella pequeña lámpara de estilo inglés que le había
regalado su abuelo paterno. La luz inundó rápidamente todo cuanto tuvo a su
alcance, dejando sólo un rincón de la habitación en la penumbra.
Respiró profundamente varias veces antes de ordenarse tomar
asiento en el borde de la cama. Ya sentado, quiso buscar una explicación a lo
que acababa de soñar: al fuego, al viento, a la destrucción.
En ese sueño había visto cómo sus manos transformaban en
fuego todo lo que tocaban: la cama, las cortinas, la baranda de la escalera, y
hasta el piso de cerámica verde que tanto adoraba. También vio, como su casa,
su hogar, sucumbía ante las llamas incontrolables que él mismo acababa de
engendrar. Nada estaba a salvo, nadie podía resguardarse, pues el fuego estaba
donde sea que estuviera él. En cuanto cesaron las llamas, apareció el viento,
que terminó el trabajo ya comenzado. Ahora sí, definitivamente, nada quedaba,
cuando desesperanzado, comenzó a caminar sin saber a qué destino quería llegar.
No se percató de estar cruzando una calle cuando, de repente, un auto tan nuevo
que no conocía el modelo, le hizo cambio de luces, mientras lo aturdía con la
bocina debido al inminente impacto entre ambos. Justo antes del choque,
despertó.
Su análisis de lo soñado se vio interrumpido por el vibrante
zumbido de un mosquito que sobrevolaba el lugar, y que parecía tenerlo como
víctima inevitable. Sin dudas, no era el mejor momento para ser ese mosquito, y
menos aún para estar en ese lugar, ya que en un simple y rápido palmeo de
manos, vio cómo su vida terminaba.
Quiso retomar los pensamientos, volver a plantearse el
porqué de lo que acababa de ver, pero ya era tarde. Su mente había decidido
llevárselo a otra parte, y así fue, que se vistió para dar una pequeña caminata
nocturna.
El estridente chirrido de la puerta al abrirse quebró el
profundo silencio nocturno, pero una vez que hubo terminado, la ciudad
nuevamente se vio sumida en la tranquilidad.
Comenzó a alejarse poco a poco de su hogar, hasta que un
perro lo interceptó y, de forma desaforada, le comenzó a ladrar. Era un
labrador dorado, macho, de 5 años, que vivía tres casas al norte desde la suya.
Le pareció muy particular que Mirko (el nombre del perro) estuviese afuera a
esa hora, pues su dueño siempre procuraba que permaneciera dentro de su casa
durante la noche.
Siguió avanzando, hasta encontrarse con un grupo de jóvenes
que estaban apostados en la puerta de una vieja casa transformada en bar.
Estos, bebían de una botella de cerveza que compartían una y otra vez, de mano
en mano, de boca en boca, mientras lo contemplaban al pasar. Se sintió
intimidado, por lo que bajó la cabeza y aceleró el paso, hasta que cruzó la
última calle del barrio.
Una vez del otro lado, sintió que el paseo había llegado a
su fin, y que sería prudente retornar a su hogar. Decidió que lo haría por otro
camino, atravesando la pequeña plaza que quedaba en la manzana detrás de la de
su casa. Cuando pasaba junto a las hamacas, comenzó a soplar un fuerte viento,
que las movió, haciendo que sean ellas quienes rompan –una vez más- el silencio
reinante.
Fue ese sonido, el que le despertó una sensación de déjà vu.
El perro, los jóvenes tomando cerveza, las hamacas. Todo lo había visto antes,
y para mayor sorpresa, los había visto esa misma noche en su sueño de desenlace
fatal. – Será sólo una coincidencia - dijo en su mente, mientras seguía con
paso firme a su hogar.
Al llegar se dio cuenta que donde estaba su casa sólo
quedaban cenizas, que todo aquello cuanto había acunado en su morada había
desaparecido. Atónito, se dejó de caer de rodillas sobre el asfalto, mientras
los vecinos intentaban apagar las últimas llamas. No dejaba de preguntarse el
por qué, qué era lo que había generado tan nefasta consecuencia.
Se lo preguntó una y otra vez, pero jamás podría encontrar
la respuesta, ya que al levantar la cabeza, y girar la mirada a su izquierda,
la luz y bocina ya estaban ahí…