Los árboles han comenzado a desnudarse de sus bellos naranjas y amarillos, mientras nosotros aquí abajo sólo los podemos contemplar.
Siempre me gustó caminar en otoño, para conocer cada uno de los detalles que esta pintoresca estación le da a la vida: sus colores, sus días más cortos y noches más bellas.
Y hablando de noches, voy a relatar la última que viví..
Caminaba, una vez más, contemplando la gente que pasaba, los autos que iban y venían, los ruidos de la ciudad, las luces que iluminan hasta el último rincón, hasta que de pronto, una bella figura decidió hacerse presente.. Por encima de todo lo que pretendiera ver, esa perfecta Luna de 19 de marzo brillaba en su lugar, y en ella.. te vi.
Te vi, te encontré y te sentí. Te vi, sonriente y radiante como siempre. Te encontré, hermosa, como no hay otra. Te sentí y sonreí. Porque sé, que donde sea que estuvieras, también habías encontrado esa Luna, la que nos une para siempre en un destino sin final.
Retomé la marcha a casa, tranquilo porque sabía desde lo más profundo de mi corazón que donde sea que haya Luna, nos encontraremos una vez más. Y en ella, nos fundiremos nuevamente en el más cálido abrazo que el universo haya podido encontrar.
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