Era una de esas noches en las que
no había movimiento de ningún tipo. Triste, la ciudad se veía envuelta por una
profunda penumbra. La Luna y las estrellas, estaban ocultas tras el manto de
nubes esponjosas que desde hacía tres semanas precipitaban incesablemente, y
cuyas gotas chocaban contra los techos generando así, el único sonido audible
en toda la zona.
La casa no era ajena a la
oscuridad, ni a la lluvia. El sonido de la lluvia se atenuaba por el techo construido
con teja española, aunque drenaba a un pequeño pozo que no era lo
suficientemente grande como para cumplir su función, por lo que el patio
llevaba más de veinte días cubierto de agua.
Veintiún días para ser precisos.
Veintiún días y veintiuna noches habían pasado desde la última vez que pudo
dormir. Veintiuna veces se tumbó en su cama, pero no consiguió su cometido.
Veintiuna veces corrió a cama de sus padres, buscando noche tras noche alguna
forma de poder conciliar el sueño. Pero no lo lograba. No había manera que sus
ojos y mente pudieran descansar. No existía
“hada de los sueños”, ni siquiera un cuento de esos que tanto efecto
lograron cuando era bebé, que pudieran ayudarlo a descansar.e
Sus padres preocupados, consultaban
diferentes profesionales, al cabo que habían recorrido todos los pediatras,
psicólogos, curanderos, chamanes, y psiquiatras de la ciudad en busca de una
solución al insomnio que parecía no tener fin. Ninguno encontraba una verdadera
explicación al tormento que el pequeño de sólo cuatro años venía sufriendo
hacía más de 3 semanas. Cada vez que le preguntaban él explicaba que el
problema era la ventana, que era por ella que no podía dormir.
¡Cuánto habían hecho ya, buscando
una solución! Primero, trasladaron al pequeño a la habitación de sus padres,
buscando que en ese lugar encontrara el sueño esquivo. No hubo resultado
favorable, por lo que retornó a su habitación un par de días después. Volvió a
culpar a su ventana por el insomnio sin fin, y así fue, que sus padres
decidieron cubrirla por completo. Los días siguientes, lo encontraron parado,
contemplando -a través de la ventana del comedor- el mundo exterior, aún sin
haber podido conciliar el sueño. Fue en ese momento, cuando cayeron en cuenta
que cubrir la ventana sólo había agravado el cuadro, ya que además de no
dormir, lo había arrancado de su cama para poder mirar hacia afuera. Así fue,
que decidieron permitirle dormir con la ventana abierta, pero con la lluvia
y el clima hostil, el pequeño terminó
por enfermarse.
-¡Pobre criatura! Exclamaba su madre,
al verlo con fiebre y sin dormir desde hacía tiempo.
-No, te preocupes, ya pronto
pasará. Le respondía él, con su dulce y tierna voz, maltratada por la falta de
descanso y por las anginas que lo atormentaban. –Mami –agregó- ¿Dónde se han escondido mis amigas estrellas?
Las extraño, y no he podido hablar con ellas en muchos días.
La madre, atónita ante la pregunta
que acababa de recibir, vaciló antes de poder responder:
– Ellas quieren venir a visitarte, pero la
lluvia les impide llegar, pues las nubes están trayendo agua, y no estrellas.
Algo le pareció particular en esa pregunta, aunque no estaba del todo segura
qué había sido.
Esa misma noche la lluvia cesó,
pero el cielo se mantuvo cerrado, oculto tras las nubes que adquirían un color
rojizo por la claridad que reflejaba una escondida Luna llena. Poco a poco, el
agua del patio comenzó a drenarse.
La mañana siguiente, el Sol
radiante asomó por el mar, iluminando todos los rincones del hogar. El pequeño
feliz, pero aún sin dormir, abandonó su cama para ir a desayunar con sus
padres. Preguntó si podía salir al patio a jugar, y así lo hizo, tomó su pelota
y pasó más de dos horas jugando con ella, contra la pared que limitaba el
terreno de la casa. Por la tarde, salió de paseo con sus abuelos maternos que
se sorprendían con la energía del niño, más aun llevando tantos días sin poder
descansar como un niño debe hacerlo.
Por la noche, se tumbó sobre la
cama, su madre lo tapó, le dejó un beso en la frente, y apagó la luz, esperando
– ya resignada – que apareciera nuevamente en su habitación en medio de la
noche. Pero eso no sucedió. El niño volvió a dormir. Su gesto de paz al hacerlo
tenía un tinte angelical sin precedentes.
Y fue ese momento, cuando lo
comprendieron. Pues, las estrellas eran su somnífero, y al volverlas a ver pudo
realmente descansar.
Y cada vez que la noche se cerraba,
y ninguna estrella quería aparecer, él ahora podía dormir. Porque le contaban
esta historia.
Su historia.
La de la noche sin estrellas, y el
niño sin sueños.
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