En silencio, y alejado de su hogar, en una verde llanura
solitaria, Pablo buscaba respuestas a sus problemas, pues sentía que en esa
calma las soluciones no tardarían en llegar. Un par de horas después, se dio
cuenta que tampoco podía pensar con claridad estando tan lejos de su lugar,
lejos de su familia, de sus afectos, de su vida cotidiana. Desesperado, profirió
un grito que no tardó en ahogar, pues la inmensidad de ese silencio que acababa
de romper, lo abrumaba, y lo hacía sentir aún peor.
Vislumbró que una figura humana se acercaba. La oscuridad no
lo dejó distinguir su rostro, pero sí lo dejó ver cómo lentamente avanzaba, al
mismo tiempo que con una voz cálida le preguntaba cuál era el problema que tanto
lo atormentaba.
Estupefacto ante esta aparición, sólo pensó en correr, pero
sus piernas estaban congeladas, al igual que el resto de su cuerpo que se vio
inundado de temor por este extraño que en medio de la noche se acercaba sin
previo aviso.
- ¿Cuál es el
problema que te atormenta?, dijo con voz más firme, la sombra que acababa de
aparecer.
– Por empezar, que no
sé quién eres, ni por qué estás aquí, respondió Pablo.
– No ha sido mi
intención asustarte, pues el motivo de mi visita es que pediste ayuda,
respondió la sombra en un tono un poco más suave, buscando confianza en el receptor
de su mensaje.
– Pues sí que me has
asustado, dijo Pablo, y –agregó- cómo pretendes que te confíe mis problemas si
ni siquiera sé quién eres, ni de dónde vienes.
– Tienes razón, respondió. Mi nombre es Maximiliano, y estoy
aquí para ayudarte a encontrar las respuestas que estás buscando, dijo al mismo
tiempo que su brazo rodeaba la espalda de Pablo. Pudo sentir, cómo este último
se sobresaltaba al sentir el contacto, pero tras ello sobrevino un momento de
silencio y vuelta a la calma.
– Verás –dijo Pablo- siento
que mis acciones ya no son suficientes. Siento que hago cosas que terminan por
no servir a nadie, que mi esfuerzo ya no vale la pena. Y –continuó- mis fuerzas
cada vez son menos, estoy cansado de la vida, estoy cansado de no saber para
qué estoy en este mundo.
El silencio tomó protagonismo nuevamente, y se adueñó de la
oscuridad por un par de segundos, que a Pablo le parecieron una eternidad, hasta
que finalmente Maximiliano se aclaró la garganta y dijo:
- Mira el cielo y
contempla su inmensidad. Mira la Luna, las estrellas y nubes. Pero fíjate bien
en las estrellas. ¿Las ves brillar?, le preguntó súbitamente.
– Sí, dijo Pablo, sin
entender a qué venía esa pregunta.
– Ellas –comenzó Maximiliano- brillan permanentemente, pero,
¿por qué lo hacen? ¿Para qué o para
quién lo hacen? No lo sabemos, continuó, y tampoco estamos seguros si ellas lo
sabrán, pero aun así, brillan con su máxima intensidad. Como ves, el cielo está lleno de misterios,
uno en cada estrella, y también, el suelo está lleno de misterios, uno en cada persona
que lo habita, ¿para qué está aquí, cuál es su objetivo en este mundo? Para
resolverlo, cada persona deberá vivir intensamente y realizar todo aquello que
sienta que puede hacer. Y si sientes que tus acciones son en vano, levanta la
mirada y mira el cielo, que en su inmensidad te mostrará aunque sea una estrella
brillando, y también recuerda que esa estrella no sabe por qué ni por quién
está brillando, pero nunca lo deja de hacer. Y cada vez que mires el cielo, observa, lo alto que puedes llegar...
Ya casi amanecía cuando Maximiliano terminó sus palabras,
Pablo meditó en silencio unos segundos, y se volvió hacia donde se encontraba su
nuevo consejero y alcanzó a decir:
- Muchas gra… Cuando se dio cuenta que Maximiliano ya no
estaba ahí, y no había ningún rastro visible de él. Fue en ese momento, cuando
levantó la cabeza al cielo y lo contempló, encontró una pequeña estrella
brillante, la guardó para siempre en su memoria y tras unos minutos de
silencio, se volvió hacia ella y le dijo: Muchas gracias Max…